The most important thing of all

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Caring: the most important thing of all

Montserrat Busquets reflects on the ethical value of care as the principal task of the health services.

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Caring: the most important thing of all

01 April 2020

(Content published in Spanish)

Una situación tan extraordinaria como la que ha generado la pandemia del Covid19 pone de relieve muchos aspectos que, todo y estando presentes, en circunstancias habituales no se visualizan suficientemente. Este escrito reivindica el valor ético del cuidado, como tarea principal de los servicios de salud.

La aportación del cuidado, en el ámbito de la salud, es comprender que la atención a las personas cuando enferman es mucho más que tratar la enfermedad, es comprender los distintos factores, componentes y actores que forman parte de la situación. Pero en la situación generada por la pandemia de coronavirus, en la que el contagio es un gran riesgo, el tratamiento médico es incierto y el riesgo de muerte está muy presente, las exigencias del tratamiento de la enfermedad recobran protagonismo. Los profesionales pueden tener grandes dificultades en establecer las pautas para que los requerimientos de la enfermedad no hagan olvidar, o relegar a un segundo plano, el acompañamiento que precisan quienes enferman y sus familias. Por eso es importante recordar y reforzar especialmente dos de los aspectos que sitúan al cuidado como un bien social: el compromiso con el bienestar y la solidaridad. 

Compromiso con el bienestar

El cuidado siempre está focalizado en las personas y en las acciones que busquen su máximo bienestar posible. Esta idea es clave porque, a veces, hay que defenderla con firmeza, sobre todo si la sensibilidad ética de algunos está más centrada en el control de la enfermedad que en el cuidado de la persona que la padece o puede padecer. La enfermedad y la muerte son parte inherente de la vida y, por ello, si bien hay que buscar formas de alejarlas en lo posible, también hay que tratar de hallar  formas de que se experimenten de la mejor manera posible. Y ese es el objetivo del cuidado en el ámbito asistencial, en el que el fracaso no es la enfermedad o la muerte, sino la falta o escasez de ayuda frente al sufrimiento. Cuidar es reconocer a la persona como ser humano con dificultades, y por ello con necesidades que requieren, en momentos determinados  ayuda especializada, profesionalizada. Para cuidar hay que aunar el conocimiento científico, humanístico y técnico y en acciones concretas para que la persona reciba ayuda y le sea posible vivir dignamente su experiencia de enfermar y curar, estar hospitalizado y, a veces, de morir. Evidentemente la complejidad del cuidado va aumentando en función de la gravedad de la situación, pero el principio esencial es el mismo: ayudar a la persona y su familia a estar en las mejores condiciones posibles.

Nada sencillo, pero hay muestras constantes de la sensibilidad y preocupación por ofrecer un buen cuidado. Por ejemplo cuando los profesionales tratan de hacer compatible posible el aislamiento, derivado de la transmisión de la enfermedad, con la relación familiar o con seres queridos, sobre todo en las situaciones de fin de vida o de personas mayores que viven en instituciones. Cuando se preocupan por mejorar la sus competencia en el acompañamiento y en las habilidades de comunicación, a pesar de las medidas de seguridad, tal y como proponen los expertos en cuidados paliativos. O cuando aplican la tecnología como soporte usando tabletas, teléfono u ordenadores para aproximar a las personas, facilitando el contacto. O cuando reorganizan y dan seguimiento personalizado telefónico a las personas en situación de aislamiento en el domicilio porque inventar, o reinventar, sistemas de contacto con las familias es la parte esencial del cuidado en las situaciones de confinamiento.

Estos son algunos ejemplos que hablan por sí mismos de la creatividad, centrada en el cuidado, al servicio del bienestar. Las experiencias son infinitas.

Solidaridad

A pesar de que el individualismo está muy presente en nuestra sociedad, cuidar implica una responsabilidad compartida. Al reconocer que todos a lo largo de la vida damos y recibimos cuidados, que todos somos vulnerables e interdependientes, en mayor o menor medida de los demás, se desvirtúa la falacia de la persona como ser individual y surge la solidaridad como valor personal y social. Solidaridad que genera empatía y compasión permitiendo ver la situación de la otra persona desde su perspectiva y, por tanto, definir y llevar a cabo acciones de acuerdo a sus necesidades, como en los ejemplos del párrafo anterior. La solidaridad es el valor ético que contrapesa al miedo, que inevitablemente sienten los profesionales, al poner su competencia al servicio de todos, por encima de su propia salud y de la de sus familiares. Es la llamada de la solidaridad la que ha hecho que personas jubiladas y estudiantes se incorporen al servicio.

Otro aspecto importante, que da cuenta de la relevancia de la solidaridad, es que cuidar no es solo una relación entre dos personas; alguien con una necesidad y alguien con conocimientos y disposición de ayuda. Cuidar es también, y sobre todo, una cuestión relacional, de red de relaciones. Una red en la que todos los actores, comprometiéndose con el bienestar común, dibujan solidariamente su responsabilidad hacia los demás y hacia sí mismos. Una red en la que todas las personas saben y se sienten parte importante: es lo que  está sucediendo hoy en día, y no solamente en relación a los equipos de salud que trabajan multidisciplinarmente. Una lectura de las calles y comercios vacíos puede ser de tristeza y congoja, pero otra posible mirada es de alegría al ver la capacidad de las personas para saber y sentir que son parte de la solución. Quizá entre las cosas positivas que puedan derivarse de esta pandemia esté que, por fin, se comprenda que la salud no depende tan solo de lo que hacen los profesionales, sino que es realmente cosa de todos y cada uno.

El cuidado nos hace más conscientes de que no se trata del yo o del tú, sino del nosotros, de lo que somos capaces de hacer conjuntamente en una relación que se retroalimenta. Quizá eso sea, en parte, el motivo con el que miles de personas salen a los balcones todos los días y aplauden, y el motivo por el que miles de profesionales alientan a los ciudadanos al confinamiento, o el motivo por el que personas comparten sus conocimientos para mejorar la cotidianeidad y hacer más llevadero el estar en casa, o el motivo por el que se tejen redes de ayuda por ejemplo para abastecer de lo necesario a personas ancianas y/o proporcionarles algo de compañía. También el motivo de la contribución de los medios de comunicación que dan voz y reconocen a todos cuantos intervienen en hacer posible el cuidado. Comprender la experiencia en términos de cuidado genera conductas éticas de participación: las personas se congregan, se ofrecen soporte mutuo y buscan complicidades. El bien individual  esta ligado al bien común, es cosa de todos y cada uno.

El papel de de las instituciones

Por último, hay que defender con vigor la imprescindible solidaridad de las instituciones. Es una obviedad, que en los últimos tiempos y en nuestro país, parecía olvidada. Para que el cuidado sea posible debe ser promovido, alentado, facilitado, protegido y organizado de forma democrática, es decir de forma inclusiva contando con quien lo proporciona y quien lo recibe. La responsabilidad de los gestores es generar contextos en los que el cuidado sea posible. Nunca se puede estar del todo preparado para una pandemia como la que actualmente vivimos, pero si se puede analizar lo que no debe pasar. El coronavirus evidencia el efecto negativo de las políticas neoliberales, que al dejar solas a las personas frente a las dificultades de la vida, son tremendamente insolidarias. La politóloga Joan Tronto plantea que el gran reto del siglo XXI es pasar del Homo Economicus al Hominens Carens centrando la economía en el cuidado en lugar de en la producción. Esta idea cobra un sentido hoy frente a la evidencia de la importancia social de un sistema sanitario fuerte que cubra las necesidades de salud de toda la población. Hoy somos más conscientes de que la precariedad en los servicios de salud debilita a toda la sociedad y deja a los profesionales al arbitrio de su heroicidad. La falta de recursos, de medios de protección y de apoyo genera una gran injusticia respecto a quienes hoy están cuidando, respecto a quienes hoy viven situaciones de dependencia en soledad y respecto a aquellos que precisan atención por otros problemas de salud que no son la infección por coronavirus, tiempo habrá para analizar lo ocurrido.

La reflexión sobre la situación desde la perspectiva del cuidado ayuda a defender un sistema público solidario, en el que todas las personas puedan recibir los cuidados que precisan para fomentar, mantener y recuperar la salud y, cuando no es posible, morir dignamente. Un ejemplo de política pública del cuidado aplicada a la salud es la medida del gobierno portugués de regularizar la situación de personas inmigrantes dándoles acceso a los servicios de salud, y de esta forma protegiéndoles a ellos y a todos, en lo posible. Un sistema público que, precisamente porque busca la mejor atención posible, ofrece a los profesionales las posibilidades de desarrollar su trabajo en las mejores condiciones posibles y provee el acceso a los servicios a todas las personas.

En definitiva lo importante es el cuidado

Cuidar es preocuparse y ocuparse, es tomar responsabilidad, desarrollar competencia, satisfacer las necesidades y esperar recibir el mejor cuidado posible, cuando sea preciso. El cuidado supone amor, cariño, trabajo. Implica esperanza, paciencia y también cierta tolerancia a la incertidumbre. Es la presencia cuidadora, a través de la cual las personas saben y sienten que están en buenas manos. La estrategia principal es centrarse en el aquí y el ahora, porque siempre hay algo positivo que ofrecer: compañía, una sonrisa, complicidad, proximidad, personalización, ..., la preocupación y ocupación para satisfacer las necesidades básicas, la buena realización de una técnica o administración de tratamiento, ..., son las claves para minimizar la soledad y el miedo de las personas enfermas y de sus familias y allegados, el miedo de los profesionales y, en general, el miedo de todos.

En situaciones tan difíciles es extremadamente importante no desfallecer frente a las dificultades y buscar soluciones de cuidados, en cada contexto concreto, teniendo en cuenta que la exigencia ética es hacer lo posible, no lo imposible. Muchas personas, como yo, no podemos estar más orgullosos de la profesión que escogimos, en mi caso soy enfermera.

Montserrat Busquets Surribas